La apuesta era simple: si la cholita se dejaba del vecino, él le pagaba las compras del mes. Ella se hizo la difícil cinco minutos y después ya estaba en la pieza con el short a media pierna, preguntándole al oído si de verdad iba a cumplir.
El loco la recostó y empezó de a poco, aunque ella pedía más duro desde la primera embestida. Gime fuerte, se agarra del borde y se tuerce cuando ya no da más. En la tele de otro cuarto suena una novela y nadie le baja el volumen.
El casero anda rondando en los grupos de porno trinidad desde el fin de semana, aunque ella es paceña y se nota en cada palabra. Nadie vuelve a mencionar la apuesta: ella busca el short por el suelo y se va a la cocina como si nada.
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