En la pieza, sin decir ni media palabra, ella se deja caer boca arriba con las piernas para arriba. Él se mete entre las dos y le da lengua por encima de la ropa interior roja, que tampoco dura mucho puesta. La tarde recién arranca.
Las chicas de Trinidad no se andan con rodeos: ella lo agarra de la cabeza y lo guía. Él sigue de a poco, sin apuro, mirándola de vez en cuando. En la mesita queda un vaso de agua que nadie alcanza a tomar.
Después ella levanta más las piernas y se le escapa un quejido. La escena corta con los dos todavía enredados en la cama, sin que ninguno se haya levantado a acomodar nada.
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